Por Mariluz Florian.

Desde niña aprendí en la sagradas escrituras, que el ser humano debe tratar al otro como quisiera que los demás lo traten a él. Eso lo enseñaba el maestro de Jerusalén. Con el revuelo que ha causado los apresamiento de varios exfuncionarios del pasado partido político en la República Dominicana que ha dejado boquiabiertos a muchos, incluso algunos han celebrado hasta con champañas carísimas la desgracia de aquellos que de alguna manera son apresados y acusados y de corrupción a todos los niveles.

Sin embargo cabe destacar que desde tiempos remotos, el ser humano disfruta señalar con el dedo cuando sus semejantes cae en desgracia, no así cuando la persona está en la cúspide del poder para los de élites, o de repente también cuando la vida le cambia a los de abajo. O porque consiguen un «carguito» político para medio vivir y comer, como dicen en el argot popular.

Como seres humanos debemos ir aprendiendo a mirarnos en el espejo del otro en todas las escalas de nuestra existencia, y no olvidar jamás que todas las cosas que tiene este mundo son pasajeras y efímeras, que todo lo que sube tiene que bajar. Es muy fácil juzgar, señalar, acusar y hasta burlarse de la desdicha ajena. Cuando nos dan un carguito nos creemos invencible y todo poderosos, pisoteando y mirando los demás con el rabo del ojo, o por encima de los hombros, esto sucede porque unos están afuera y otros adentro.

No sabiendo e incluso olvidando que por las mismas escaleras que se sube también se baja y dependiendo del comportamiento arriba, de esa misma manera te esparan cuando bajes.
Cierro diciendo que el dinero tiene el poder de cegar y endiosar al más fuerte de los mortales, sin embargo, aquellos humildes que saben de dónde han venido y dónde termiran les toca la mejor parte, bajar con una sonrisa del deber cumplido, pero sobre todo porque trataron a los demás iguales en su ante y después de subir y bajar.